Cambio en las políticas monetaria y fiscal del país.

Hassam Araiza Ruiz*

 

En febrero pasado la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) y el Banco de México anunciaron importantes cambios en la política fiscal, monetaria y cambiaria del país con el fin de estabilizar la paridad peso-dólar y mantener la inflación rondando el 3%.

Antes de abordar el análisis sobre las decisiones de Hacienda y Banxico, es conveniente un ligero apunte sobre la política fiscal, monetaria y cambiaria, así como un contexto de las condiciones en las que se encontraba el país al momento del anuncio.

La política fiscal se refiere al uso del gasto público y las variaciones en los impuestos como instrumento para estabilizar o potenciar la economía. En México está a cargo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

La política monetaria comparte los mismos objetivos con la política fiscal, pero a diferencia de esta, tiene como instrumentos la oferta monetaria (cantidad de dinero en circulación) y las tasas de interés, y en el país es manejada autónomamente por el Banco de México.

La política cambiaria se centra en el tipo de cambio y tiene como objetivo mantener la estabilidad del peso en los mercados internacionales. Esta se maneja conjuntamente por la SHCP y Banxico a través de la comisión de cambios.

México es un país importador; aunque no constante, en ocasiones tiene un déficit en la balanza comercial, que al pasar a la cuenta corriente suele compensarse principalmente gracias a las remesas. Es por esto por lo que una pérdida de casi el 30% del valor del peso frente al dólar preocupaba a las autoridades.

Aun cuando los ingresos petroleros para 2016 estaban asegurados por las coberturas que se tenían contratadas, era inevitable pensar que para 2017 (año donde se terminan dichas coberturas y se prevé que los precios del petróleo no mejoren) los ingresos del Estado iban a caer. La incertidumbre causada por las dudas sobre la capacidad del pago de la deuda y las predecibles subastas de Banxico brindaban el escenario perfecto para que se especulara en torno al peso (claramente no a su favor).

Por lo anterior, el Banco de México y Hacienda decidieron conjuntarse para defender la paridad cambiaria, tratar de reducir la especulación en torno al peso y frenar una posible alza en la inflación, y es que aunque poskeynesianos y neoclásicos sigan discutiendo la mejor manera de implementar (o no) las políticas fiscal y monetaria, suelen coincidir en que estas deben ser complementarias.

Por lo anterior, durante la convención de la Asociación de Bancos de México se anunció el recorte al gasto público por un monto equivalente a 0.7% del PIB, una alza en la tasa de interés de referencia de Banco de México por 50 puntos base y el fin de las subastas de dólares preanunciadas.

Los cambios en las políticas económicas tuvieron un efecto prácticamente inmediato; se respaldó la disciplina fiscal, lo cual calmó la incertidumbre; se hizo más atractivo invertir en bonos mexicanos, debido a una mayor tasa de interés, y se frenó a los especuladores que aprovechaban las subastas de Banxico; pero, sobre todo, el peso recuperó terreno frente al dólar y llegó a cotizarse a niveles de $17 por dólar, lo cual disminuyó la presión inflacionaria que ejercía el tipo de cambio.

Es plausible que se respalde la disciplina fiscal; México no puede dejar que su deuda externa crezca más allá del 50% de su PIB, pues esto generaría incertidumbre. De la misma forma, es de reconocer la osadía con la que Banxico desincroniza su política monetaria de la de la FED, sobreponiendo los intereses nacionales a las tendencias internacionales.

Sin embargo, tanto el recorte al gasto como el aumento en la tasa de interés son políticas restrictivas, por lo que se espera que este año nuestro país no crezca al intervalo originalmente previsto de 3% a 4%; incluso será complicado repetir el 2.5% de 2015, sobre todo si se suman el ya anunciado recorte para 2017 y el posible aumento de la tasa de interés de la FED que Banxico tendrá que seguir para evitar una fuga de capitales.

Tanto un recorte en el gasto como un alza en las tasas de interés afectan al empleo y al crecimiento económico. Por un lado, el recorte reduce directamente los empleos generados por el Estado, tales como los que derivan de obras públicas, lo que contrae la demanda agregada. Por otro, el alza en la tasa de interés dificulta el financiamiento de las empresas y reduce la inversión, con lo que se afecta la creación de empleos.

Si bien las medidas tomadas por las autoridades fiscales y monetarias pueden ser poco populares, pues frenan la creación de empleos y acaban con el repunte en el crecimiento económico, para que se logre un crecimiento sostenido en el largo plazo es necesaria una inflación controlada.

Tomando una posición optimista, los datos del Inegi para inicios del 2016, tales como la confianza del consumidor, el índice global de actividad económica, la inversión fija bruta y el índice mensual del consumo privado, brindan un panorama conservadoramente favorable, por lo que habrá que esperar para juzgar qué tanto se desacelerará el crecimiento económico, y si fue un precio justo por mantener a raya la inflación.

*Analista Económico Coparmex Jalisco

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