¿Yo decido?

 

Hoy quiero escribir sobre una queja constante que escucho en casi todos los dueños de empresa, la cual se reduce a una frase:

“Mis empleados/equipo no trabajan tan duro como yo (o como yo quisiera)”.

 

El típico ejemplo sucede cuando una persona ve tirado un pedazo de papel y no lo recoge, o ve una luz prendida y no la apaga, y al final siempre es el dueño el que tiene que ir a recoger el papel o apagar la luz. O peor aún, tal vez te ha pasado que algún colaborador entrega mal una propuesta, o la entrega tarde, ¡o simplemente olvida algo que prometió a un cliente!

Bueno, lo importante aquí es analizar qué sucede después de que notamos que algo no sale como nosotros esperábamos. El resultado siempre es el mismo: nos enojamos. Esto no quiere decir que pataleemos, sino que en mayor o menor medida sentimos un grado de frustración que casi siempre echa a perder nuestro día.

Y es justo cuando comienza a invadirnos ese sentimiento, que tenemos dos opciones: decidir escucharlo y hacerle caso, o decidir tomarlo como un aprendizaje personal y trabajar para cambiarlo. Es aquí, en este microsegundo, cuando tenemos la oportunidad de cambiar un paradigma.

Casi siempre como personas (y sobre todo como dueños de empresa) vemos la falla en el exterior. Creemos que nuestro equipo no es profesional, o que la cultura mexicana es floja, o que Raúl simplemente nos quiere ver la cara. Sea cual fuere el argumento, siempre vemos la culpa fuera. Los empresarios que lo vemos así nos pasamos la vida culpando. Claro que rara vez nos damos cuenta; simplemente “pensamos” que las cosas son así.

Pero ¿qué sucede si decidimos ver la falla en nosotros?

Es decir, ¿qué sucedería si en lugar de pensar que Raúl está mal, o que la cultura no funciona, qué sucedería si pensamos de la siguiente manera?: Mmm, nadie está recogiendo el papel porque yo no he sabido comunicarles la importancia de tener una oficina limpia.”.

La diferencia es muy simple: en el primer escenario decido reaccionar (dejarme llevar por lo que yo creo es la verdad); en el segundo, decido hacerme responsable a toda costa y tomar acción para cambiar lo que percibo.

Si decido reaccionar, inevitablemente me frustraré y sentiré un grado de enojo. Si decido hacerme responsable, inmediatamente un sentimiento de paz me llenará, y con toda la atención posible trabajaré para llegar a tener resultados diferentes.

 

Y, tú, ¿qué decides?

 

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